sábado, 5 de agosto de 2017

Angustia matinal


Huir del pensamiento
Se suele decir, y con verdad, que cuando se empieza a dormir uno o en el momento de despertar, se anda desconectado del mundo real y afloran las ideas raras, descontextualizadas. El superyó anda relajado. En esos instantes los pensamientos y razonamientos pierden la identidad de racionales para convertirse en incontrolados. Yo, al menos, lo vengo comprobando desde hace mucho tiempo. En todo caso, no es mala cosa ver y analizar el vuelo de esas ideas y pensamientos para conocer algo mejor nuestro subconsciente, al modo de un autopsicoanálisis, si se me permite usar ese palabro.

Pero vayamos al caso. Siempre me resultó poco atractiva la personalidad histeriforme y/o histriónica tal como reflejo en otra entrada en mi blog de hace 5 años (ver enlace cliqueando sobre histriónica). Es, por tanto, manifiesto mi rechazo a las manifestaciones histéricas y a la teatralidad que busca la llamada de atención. También me resultaron molestas las personas hipocondriacas, que se adjudican enfermedades a su antojo subconsciente y que andan sistemáticamente reclamando atención a sus dolencias, que, por definición, no curan nunca; o sea, lo que es un enfermo imaginario de cura imposible. Pero no me negaréis, amigos, que existe una similitud entre ambas manifestaciones enfocadas al clamor de la atención por parte del entorno.

En todo caso, subyace esa demanda de atención que podría basarse en una infravaloración del yo y la necesidad de recibir afecto y cuidados por parte de los demás, antes que una indiferencia manifiesta. Pero por qué no pensar también que son sujetos con un matiz narcisistas que usan la enfermedad o sus conductas histriónicas como estrategia para exigir una atención y reconocimiento de su protagonismo, como reafirmación de su poder sobre los otros, a los que someten desde una demanda calculada por el subconsciente para ser la estrella o centro sobre el que giran los demás. Puede que lo del narcisismo aplicado a estos casos sea hilar demasiado fino, pero el matiz podría estar latente, bajo mi opinión.

Por tanto, para mí, siempre resultaron desagradables esas manifestaciones y conductas, por lo que me fue especialmente complicado el establecimiento de estrategias adecuadas para, lo que en psicología y psiquiatría se llama, la gestión de la transferencia y contratransferencia. Tal vez, y no lo descarto, pudiera haber una proyección mía donde aflorara mi propia histeria y/o hipocondría, provocándose un conflicto intrapersonal, en mi interior, al confrontar una realidad negada, dado que nunca tuve conciencia de estar inmerso en esas manifestaciones. O el rechazo podría venir, incluso, de vivencias infantiles que observaron, desde la asimetría del poder entre hombres y mujeres de aquellos tiempos, reacciones histéricas como escape a problemas que requerían soluciones o a demandas insatisfechas. Concluyo, pues, que las manifestaciones histéricas e hipocondriacas podrían sustentarse en conductas infantiles no evolucionadas hacia la serena manifestación de la madurez psicológica, reclamando la expresión afectiva mediante la atención, lo que produce cierta disonancia cognitiva en el espectador al tratar con adultos de actitudes infantiles.

Bueno, cuando empecé a escribir, no pretendía alargarme en estas consideraciones, pero dado que pueden servir para contextualizar mejor mi reflexión matinal me he permitido extenderme algo más. El caso es que esta mañana, casi entre sueños y mientras me despertaba, dado que había tenido algunas molestias o malestar a lo largo de la anoche, mi mente empezó a dar vueltas en absoluta libertad, descontrolada de mi razonamiento lógico, y, en mi fantasía hipocondriaca, fui pensando que algún mal incurable me afectaba, como una afección de riñones, dado el dolor en la zona lumbar que me había despertado en la madrugada.  

Ya empecé a verme adosado a una máquina, dializándome por un fallo renal; o tal vez, las molestias que se irradiaban al estómago fueran por un cáncer, que me llevaría a un acorta vida y a un sufrimiento, obligándome a, en un corto espacio de tiempo, hacer todo lo que me quedaba por realizar en esta vida según mi opinión que, por cierto, en esos momentos, andaba por el limbo del razonamiento. Inmediatamente tomé el control del pensamiento y empecé a reírme de tal dislate. Al racionalizar el pensamiento, al exigir una cierta cohesión argumental de mi ideación, fui desmontando los fantasmas del amanecer, del despertar desde un más allá soporífero y de ensueño, para tomar conciencia de la realidad del momento y de los mecanismos que me habían llevado a desvariar desde el miedo y no sé qué más condicionantes.

El asunto viene a colación, y por eso lo expongo, para comprender cómo el pensamiento vuela en libertad irracional hasta que lo domeñamos, hasta que lo sometemos a la racionalidad. Claro que ese pensamiento es la ideación de una mente que, mediante un proceso cognitivo, trabaja en una línea de computación con los estímulos que recibe, incluyendo las emociones, los miedos y las preocupaciones que nos abordan. Si no controlo esa preocupación de mi mente y concluyo con ella en que estoy sintiendo los síntomas de determinada enfermedad fatal, acabaría yendo al médico o a la urgencia inmediatamente para yugular el mal de mi enfermedad imaginaria. Por lo que si sigo dándole más importancia a la percepción de síntomas, más o menos ficticios, que a mi propio razonamiento lógico, mi hipocondría me llevaría a la amargura y a la vivencia de ese malestar como enfermo imaginario. Luego llegué a la conclusión de que el Albariño y el pulpo de anoche pudieron atacar de forma cruel mi aparato digestivo y hacer de las suyas en el tránsito hacia el lugar de fuga definitivo, y que el dolor de riñones no era más que una mala postura adquirida durante la siesta en el sillón.

Todo esto lo vengo a comentar por si les sirve a aquellas personas que se angustian de forma irracional ante cualquier síntoma, para quienes se imaginan padecer enfermedades sin contrastarlo debidamente, o para quienes dejan volar su pensamiento sin someterlo a una reflexión argumentada. El hipocondriaco, posiblemente, no tenga técnicas adecuadas para racionalizar su sentimiento, pero sería bueno que empezara a discernir entre lo imaginario y la realidad contrastable, para escapar de esa trampa que él mismo se tiende de forma subconsciente y que le amarga la vida. La proyección en uno, de los síntomas que tienen los demás, siempre suele ser falaz, o sea mentira. Si uno se escucha, sobre todo en el silencio de la noche, seguro que encontrará molestias, dado que está vivo y el organismo es un ente activo, cargado de terminaciones nerviosas, que mandan continuamente información al cerebro sobre cómo va funcionando la máquina… no confundamos esa información con alertas irracionales de dolor, pero si existe alguna molestia habrá que filiarla, es decir identificar su causa, y meterla en el cajón de los olvidos si no tiene importancia, siguiendo los criterios técnicos del personal médico cualificado.

Al levantarme he pensado que sería bueno compartir esa forma de eliminar el asomo de angustia que me atacó al despertar y por eso lo escribo, para que lo lean quienes estén interesados. No deja de ser una cuestión de afrontamiento personal, que se sustenta en mi forma de ver y razonar las cosas y que, tal vez, no sea aplicable para otros muchos, pero ahí está…